Por: Max Weinstein // Presidente Ejecutivo de CyberCenter

 
   

Desde que hace más de medio siglo se instaló el primer computador central en una empresa, se han desarrollado poderosos equipos que manejan complejos sistemas para sus operaciones productivas, administrativas y de control, de adquisiciones o despacho de sus productos. Se han instalado costosos equipos, sistemas y software en sofisticados entornos en las diferentes compañías, que deben ser mantenidos por un especializado equipo de técnicos. Más allá de su rubro, las empresas se han visto obligadas a participar en el mundo del procesamiento de datos.

Hace ciento cincuenta años, luego de la aparición de la electricidad, las empresas debieron tener sus propias plantas generadoras de energía para poder ser competitivas. Pero a poco andar se desarrollaron servicios de distribución de electricidad, y ya no se concibe fabricar su propia energía, sino que simplemente basta conectarse al sistema para proveerse de acuerdo a sus necesidades.

Si hacemos un símil entre lo que sucedió con la electricidad y el desarrollo de la computación, vemos que estamos presenciando una transformación en la forma en que se desarrolla la actividad informática. Si sumamos los poderosos microcomputadores actuales con una enorme capacidad de almacenamiento de datos, al uso de Internet banda ancha a través de una red de cables de fibra óptica, vemos que se está construyendo una poderosa malla para distribuir servicios a clientes y usuarios. Al igual que en la distribución de electricidad, la computación está consiguiendo una economía de escala impensable con sistemas propios.

La electricidad y la computación tienen en común ciertos elementos que los hacen únicos: ambos pueden ser distribuidos eficientemente a grandes distancias a través de una red, con economías impensadas. Son tecnologías útiles para cualquier rubro, constituyendo una plataforma más que una función individual. Así como la electricidad cambió el mundo, la informática también lo hace.

Se dice que la época actual es la era de la información. Viendo las ventajas del sistema actual, las empresas están repensando la forma de adquirir y usar la tecnología de la información. En vez de gastar recursos en comprar computadores y software, están conectándose a la red.

Un buen ejemplo de la computación como servicio de utilidad lo constituye Google. Cuando una persona requiere encontrar información, digita una palabra clave y se conecta a muchos centros de datos que Google ha construido en distintas partes del mundo, para recorrer bases de datos con billones de páginas web, poniendo a su disposición las más relevantes, en cosa de un segundo. Pero esto no ocurre en su PC, ni podría hacerlo, sino que sucede en otra parte del planeta. Ni siquiera podemos saber donde.

Los primeros pasos en lo que se ha denominado Web 2.0 se dieron con un programa gratuito denominado Napster, que permitió compartir música vía Internet de una manera hasta entonces desconocida. El programa revisaba los archivos de los computadores interconectados, que llegaban a ser millones simultáneamente, y creaba un directorio en un computador central. Los usuarios buscaban un título que les interesaba en el directorio y lo copiaban directamente desde el computador que lo tenía almacenado. El sistema fue muy popular, pero finalmente tuvo un inconveniente legal y debió ser suspendido, ya que los creadores reclamaron sus derechos de propiedad intelectual, pues no se puede tener esa música sin pagar derechos de autor.

Si bien Napster dejó de operar como fue creado, nació la industria de proveer servicios a través de Internet, y muchos de nosotros hoy en día pasamos más tiempo usando servicios distribuidos que corriendo programas en nuestros computadores. Dependemos de servicios distribuidos cuando revisamos redes sociales como MySpace y Facebook, manejamos y compartimos nuestras fotos o escribimos y leemos blogs, entre muchos otros. Todos estos servicios nos dan la idea del potencial de la información como servicio.


 

 
 
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